Copiloto a bordo

Desde el primer día que me subí al coche de la autoescuela, hace ya más de 7 años y medio, supe que me gustaría conducir. Con tan solo cuatro meses de carné  llevé a toda mi familia a Almería de vacaciones, pasando luego también unos días en Madrid.

Una de las cosas que más me gusta de conducir es la sensación de velocidad en carretera, es como volar, y si además  te acompaña buena música, es todavía mejor, aunque en viajes largos, también necesito tiempos de calma y silencio, momentos idóneos para reflexionar y también para tener largas conversaciones con Dios, cuando toda mi familia duerme, claro.

Alex dice que viajar conmigo es impredecible, de repente pasamos por un sitio “interesante” y tengo que parar. La última vez que visitamos  Soria, una amiga nos explicaba lo  bonito que era su pueblo, a tan solo 30 kms de allí, por su legado histórico. Alex me miraba de reojo hacía ya rato, esperando  a que yo dijera lo que él esperaba oír: “¿Y si vamos?” Negando profusamente con el dedo  me respondió: “Ni se te ocurra”, acabábamos de visitar el Burgo de Osma el día anterior y teníamos que regresar a Palencia esa misma tarde, ya que era Domingo y al día siguiente había que madrugar.

En otra ocasión, después de pasar unos días de turismo por la ciudad de Córdoba, ya en carretera de nuevo, pasamos por un cartel que indicaba: “Fuente Obejuna”.

-¡Fuente Obejuna!¡Todos a una!- grité yo, dando un volantazo hacia la izquierda-.

-¿Pero dónde vas? – dijo Alex.

-A Fuente Obejuna…

Os recomiendo hacer rutas literarias, y si son planificadas, mucho mejor. Visitar este pintoresco pueblecito en lo alto de un pequeño cerro, en el que Lope de Vega se inspiró para su obra teatral, y donde las casas, blanquísimas, relucen más que el sol,  mereció la pena.

Como novata al volante he cometido muchos errores, dos multas de radar, una por mal estacionamiento y otra por la O.R.A. eso sin contar  los “casi” atropellos a viandantes a los que yo llamo “peatones suicidas”, ya que sin motivo, se te tiran a la carretera, nunca lo entenderé. También me he dado golpes varios en muros de parkings, señales de tráfico, etc.

Las peores situaciones que he vivido al volante han sido conducir con el sol bajo y de cara y la niebla, en ambas situaciones la sensación de no ver absolutamente nada es horrible. Si Alex no hubiera estado a mi lado en esos momentos hubiera sido presa del pánico. Como copiloto es un crack, aunque, como él no conduce, también ha tenido mucho que aprender. En nuestros primeros viajes llevábamos mapa porque no teníamos Gps, y de repente lo abría  con un “vamos a ver…” tapándome el espejo retrovisor derecho justo en  un momento clave. Hemos tenido fuertes discusiones por este tema, y no es para menos. Otra cosa en la que hemos tenido que ponernos de acuerdo es en qué palabras utilizar para poder entendernos mejor. Me explico, recuerdo que estábamos en pleno centro de Madrid parados en un semáforo frente a una pista de cuatro carriles, y nos disponíamos a coger una de las  tres bocacalles que teníamos delante, sin estar seguros de cuál era la correcta.

-¿Por dónde tiro Alex?

-Eh…

– ¡Venga que se pone en verde!

-Pa llá…

-¡¡¡¡¿¿¿¿Pa llá dóndeeeeeee!!!!????

En esos momentos, y en muchos otros similares, he querido matarle. (Cuando pretende elegir el “mejor” aparcamiento por mí, por ejemplo) Por suerte ahora las palabras que utilizamos son derecha, izquierda y centro, o centro derecha o centro izquierda. Como buen copiloto que es, y además perfeccionista, Alex espera que le haga caso en todo, para él el Gps es sagrado, para mí el Gps no sabe lo que dice.

– Vale, es la siguiente salida -me dice él- (yo paso de largo)-¿Pero qué haces?

– Que por ahí no es.

– ¿Cómo que no es? Lo dice el Gps.

– Que te digo que por ahí no es…¡Que para ir a Madrid por Aranda no se sale por Burgos! -y ya la tenemos liada-.

A veces tengo razón yo y a veces tiene razón él, pero creo que la mejor solución sería actualizar de una vez por todas el Gps.

La verdad es que  si conduzco me es difícil estar pendiente de más cosas, por eso tenerle a él de copiloto es genial. A pesar de todos los sustos, con el tiempo he aprendido a conducir de verdad y sigo disfrutando de ello, es más,  es algo muy importante para mí. Yo soy conductora y él es copiloto, así son las cosas. Han sido muchas las veces que le he animado a que  se saque también el carné, pero a él no le llama, yo sé que en el fondo le tiene  “respeto” a la carretera, quiero decir, más de la cuenta. Y la verdad, si él condujera, yo sería una copiloto pésima para él, creo que sufriría todo el rato, y además, uff, tener que dejarle el coche…eso sin tener en cuenta que si viendo una peli  tiene micro sueños, por no decir que da sus  “cabezaditas”, conduciendo ¡Qué peligro! No, no, mejor así, en el fondo todos nacemos para algo, o para conducir o simplemente para ser copiloto, las dos cosas son importantes.

Pensando en todo esto, creo que la vida es como conducir. Emprendes un viaje, sin conocer exactamente el destino. El paisaje te deslumbra por su belleza en la primavera, y te la complica aquellos días de lluvia o niebla en cada invierno. La falta de visibilidad es lo peor, porque el miedo llega a dominarte. En esas ocasiones, colocarte detrás de un camión te da seguridad hasta que pasa el temporal ¿Me entiendes? Sí, los camiones a quienes he seguido en esas ocasiones tienen nombre propio. Y cuando vuelve a salir el sol, ¡Qué bonito es pararse a disfrutar de lugares y gente fantástica! Muchas veces, así, de improviso, llegan los verdaderos amigos, con los cuales, incluso compartirás parte del viaje.

También en la vida, tenemos un copiloto que nos acompaña. Es quien te pasa el botellín del agua cuando tienes sed, te da conversación cuando tienes sueño, te cuenta chistes malos para que te rías, se ocupa de echar gasolina en el depósito cuando tú estás cansado o te indica el mejor camino a seguir, (aunque muchas veces ignoremos sus consejos) Conducir a su lado es una maravilla porque en todo momento te entiende, incluso sin decirle ni una palabra, ya sabe lo que necesitas. También permite que te equivoques, sin echarte nada en cara, esperando pacientemente a que regreses a la via correcta, y cuando tu coche se avería, él te lo pone en marcha de nuevo, sin duda, es el mejor mecánico que pueda existir, y lo mejor de todo ¡No depende del Gps! En definitiva, es esa persona que te acompañará hasta el final del trayecto. Me refiero a Jesús, que además de Alex, es sin duda mi mejor copiloto. Invítale a acompañarte en este periplo de la vida, nunca estarás solo y nunca te perderás.

 

 

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Super Agente Secreto

¿Quién no conoce a James Bond? Agente “con licencia para matar”. Trabaja para el Servicio Secreto de Inteligencia británico MI6, y es conocido por su código de rango, 007.

Impecablemente elegante, eficaz en su trabajo, frío y calculador. Alto, esbelto, fumador empedernido, amante de la buena comida, de los coches de lujo y gran admirador de la belleza femenina.

Sí, todos le conocemos ¿verdad? Es lo que tiene el cine, aunque, por si no lo sabías, sus aventuras fueron primeramente noveladas a través de la pluma del periodista inglés Ian Fleming.

Una vez una historia salta a la gran pantalla se hace famosa. Por eso creo, que si James Bond hubiera existido de verdad, seguramente sería un perfecto desconocido, aunque sus proezas como agente de la MI6 hubieran marcado igualmente una gran diferencia en la historia. Pero ¿a quién no le gustaría ser famoso?

Hubo un tiempo en el que yo también soñaba con ser célebre y popular ¿qué joven no lo desea? Nací en una familia pastoral de pocos recursos y era la mediana de cinco hermanos. En el cole era muy sociable y amiga de todos, creo que le caía bien a todo el mundo, por lo menos no era una niña aburrida. Mis historias fantásticas encandilaban a mis amiguitos, a veces demasiado, y lo que empezaba por un juego terminaba algunas veces en travesura. Ya en el instituto la cosa cambió un poco. Como no iba a la moda ni era guay ni esas cosas, no llamaba mucho la atención de los muchachos, y mis amigas preferían dedicar su tiempo libre a la caza de éstos y a salir a bailar y a beber, cosas en las que yo jamás me vi tentada, para gran felicidad de mis padres. Por otra parte, me di cuenta que mis compañeros de aula sí acudían a mí para una cosa: confesarse. Así que no sé cómo sucedió, pero al finalizar el bachillerato, conocía todas las historias amorosas de mis colegas: amores imposibles, líos e infidelidades. A veces, ellos también acudían a mí para pedir oración por abuelos enfermos, madres en depresión e incluso para aprobar los exámenes. Ciertamente yo no era nada popular en el instituto, pero la gente más cercana me conocía. Aun así yo soñaba con ser famosa algún día, famosa de verdad.

Primero quise ser cantante. En mi solitaria adolescencia pasé mucho tiempo cantando canciones con mi guitarra, e incluso compuse alguna, y siempre estuve involucrada como vocalista en el grupo de alabanza de la iglesia, de hecho no se me daba nada mal, y tuve la oportunidad de cantar en un par de reuniones regionales de jóvenes como solista. Tiempo después me di cuenta de que era algo demasiado aburrido, así que empecé a dibujar, hice un curso de diseño gráfico avanzado y me metí en el mundo de la imagen audiovisual. Esto me llenó por varios años, hasta que me di cuenta que tampoco era lo mío. ¿Pero qué era lo mío? Yo quería a toda costa encontrar algo con lo que disfrutara y que al mismo tiempo me llevara a “ser alguien” importante, famoso y de éxito. Hace unos años que bauticé toda esta etapa de juventud con el nombre de “La Búsqueda”. Y buscando una cosa, resulta que encontré otra. Con el tiempo descubrí que escribir era algo a lo que me había dedicado toda la vida, que me encantaba hacer y necesitaba seguir haciendo mientras viviera, entonces empecé a soñar con llegar a ser una escritora digna de un premio Nobel.

Llegó la vida adulta, el matrimonio y la maternidad…pero todo seguía igual, hasta que conocí a un verdadero agente del Servicio Secreto… Celestial.

-¿Quieres ser Agente Secreto?- me dijo, no con estas palabras, lo admito, pero la idea que él, mi pastor, nos enseñó, la describe muy bien el siguiente versículo:

“Más tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto te recompensará en público.” (Mateo 6:6)

Entendí entonces que:

  • No se trata de mí, de mi éxito o de mi gloria, sino la de Él.
  • Se trata de la Misión que como a hijos de Dios, nos ha sido encomendada.
  • Se trata de oración en lo privado.

Mi pastor y jefe  y yo nos parecemos (o por lo menos eso es a lo que aspiro). No es popular, pero es conocido en los círculos donde se mueve. Ha iniciado numerosos ministerios y obras que mucha gente desconoce y nunca ha recibido la gloria por ello. Su influencia espiritual entre jóvenes y adultos es muy notable, y algo de lo que disfruta, tanto él como su esposa, es la de captar nuevos agentes para el Servicio Secreto Celestial, así como animar, consolar y levantar a los agentes secretos más veteranos. Asimismo la oración privada y la Palabra es para él una columna en su vida.

Yo no quiero ser famosa (y lo digo convencida de verdad), quiero seguir viviendo aventuras como agente secreto, y aun si aquí en la Tierra no recibo recompensa ni reconocimiento alguno por mi labor, sé que la recibiré en el cielo.

 

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La rosa olvidada (parte 2)

Muchos pensamientos y emociones pasaron por la mente y el corazón de Mario en cuestión de pocos minutos.

Aquella rosa representaba para él todo el amor que sentía por su hija, pero también la esperanza de que su pequeña Lucía, en fase de convertirse en una mujer adulta, contara con él durante todo ese proceso de cambio. Mario quería protegerla a toda costa y que ella le tuviera en cuenta en todo lo que él le mandara, claro. ¿Quién mejor que él como su padre sabía lo que era bueno para ella?  Pero Lucía parecía haberle cerrado todas las puertas de su corazón. Sus notas escolares habían bajado, había empezado a juntarse con una panda de niñatos punkies, se había cortado su precioso cabello y se lo había pintado sin pedirle permiso, y eso sin contar que la música que escuchaba, si es que aquello se podía considerar música, era horrible.

Sumido en sus pensamientos, imaginó entonces que era él quien encontraba la rosa en la mesita, ya seca del todo, que Maribel no la había salvado y puesto en el jarrón con agua fresca. Se vio a sí mismo tomando la flor en sus manos, enseñándosela a su hija con tono  inquisitivo: “¿Para esto me gasto el dinero y me molesto en  hacerte un regalo? ¡Cuántas cosas no he hecho por ti! ”

Se dijo a sí mismo que no habría más rosas, aquella sería la primera y la última. Esa era su decisión.

Pero esa noche no podía dormir. Maribel, a su lado, encendió la lamparita de noche.

-¿Sabes qué pienso Mario?- preguntó sin obtener respuesta-. Creo que nuestros hijos tienen la suerte de tener al mejor padre del mundo. Les cuentas cuentos, les llevas al parque, vas a verlos a todas sus actividades, jamás te has perdido una fiesta de cumpleaños, les achuchas, oras con ellos cada noche, les ayudas con los deberes…¿Qué más pueden pedir?

-Les habré dado demasiado entonces- contestó Mario-.

-No, pero debemos ver a nuestros hijos como semillas plantadas que poco a poco irán dando fruto. El viento los azotará, las malas hierbas los ahogarán a veces, pero todo ello es necesario, y al final, los veremos florecer. ¡Míranos a nosotros! Hemos sobrevivido a muchas cosas dolorosas, hemos tomado decisiones erróneas muchas veces, también nosotros nos hemos buscado a nosotros mismos sin hallarnos, preguntándonos quiénes éramos realmente, y aquí estamos, gracias a Dios, criando a unos niños increíbles. ¿No te parece maravilloso? Sigamos orando y confiemos en Dios, y sobre todo, continuemos amando sin esperar nada a cambio. Ellos no nos pertenecen, no son nuestro proyecto personal.

Mario se dio media vuelta sin decir nada, Maribel apagó la luz.

……………………………………………

Era un día lluvioso. La mesa estaba puesta y los platos servidos. Olía a sopita buena de mamá.

Maribel y los niños saludaban a papá, que acababa de llegar. Lucía, hambrienta, esperaba ya sentada en la mesa comiendo pan.

-¿Puedes venir un momento, Lucía?- gritó Mario desde el pasillo-.

Lucía se encogió de hombros volteando los ojos hacia arriba en un gesto de descontento. Se levantó y fue casi arrastrando los pies hacia donde estaba su padre, cruzándose a sus hermanos y a mamá en el corredor.

Allí estaban de nuevo los dos, padre e hija. Mario traía algo en la mano, una rosa roja. Se la tendió a Lucía, ésta la tomó, sorprendida. “Vamos a comer que tengo hambre”- dijo él-. Ella dejó la rosa en la mesita…otra vez.

Empezó a salir el sol entre las nubes. Una luz tenue entró por la ventana, creando luces y sombras en movimiento, bailando sobre la mesa, vajilla y cubiertos, reflejando halos de colores sobre los rostros de cada uno de ellos. Risas, bullicio, así es como suenan las familias que se aman, aunque muchas veces haya diferencias, muchas preguntas, dudas sin resolver.

Cuando acabaron de comer, uno a uno se fueron levantando de la mesa, hasta que el silencio llenó toda la estancia.

Una rosa roja descansaba en la mesita, pidiendo compasión, se ahogaba.

Maribel la tomó, miró a Mario, que observaba a su lado, y la puso en el jarrón de cristal tallado, lleno de agua. Los dos se abrazaron.

Casi cada día, Lucía recibió una rosa de Mario, su amante padre, como símbolo de su amor hacia ella. No importaba si ella la olvidaba de nuevo en la mesita, o en cualquier parte, como así  fue sucediendo. Maribel la colocaba en el jarrón de Bohemia, vez tras vez.

Mario entendió que su Padre celestial también le regalaba de su Amor gratuito todos los días de su vida, y él, como Lucía, también lo rechazaba muchas veces, dejándolo morir, cayendo en el hastío de la vida, en el autocontrol y la frustración.

Solo el Amor de Dios nos puede transformar, haciéndonos encontrar el camino, libertándonos y dándonos un propósito de vida. Y Jesús, como Maribel, sigue tomando todas esas rosas que dejamos abandonadas, y las coloca en el jarrón de agua fresca de la Gracia, cada día. 

……………………………………………………….

Lucía tardaría todavía tres años más en comprender cuánto su padre la amaba. El mismo día en que cumplía sus dieciocho años de edad, tuvo un accidente.  Ella y su novio regresaban a casa en moto después de tomarse unas copas en un pub. Por suerte, los dos llevaban casco.

Lucía se recuperaba de múltiples contusiones, eritemas y rotura del cúbito y peroné izquierdos. Inmóvil en la cama del hospital, su semblante era serio, su ceño estaba ligeramente fruncido y los labios se apretaban el uno contra el otro. Maribel, sentada en una silla junto a ella, le tenía tomada una de sus manos y permanecía en silencio.

-¡Toc, toc! ¿Se puedeeeee? Soy papá.

Sin pedir permiso, Mario entró en la habitación. Traía un ramo de rosas rojas.

Lucía no aguantó más y al ver a Mario, rompió a llorar.

-¡Perdóname papá!¡Perdóname, por favor!

Mario entregó el ramo a Maribel y corrió a abrazar a su hija.

-Lucía, te amo.

-Y yo a tí, papá.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La rosa olvidada

Cierto día de invierno, Mario regresaba a casa, como todos los días, fatigado y hambriento. Había sido una jornada de trabajo difícil, pero se sentía satisfecho de haber dejado listo el cierre contable del mes. Ser administrativo tenía la ventaja de no tener que realizar ningún trabajo físico, pero ocho horas pegado a la pantalla de un ordenador y a un auricular telefónico, durante cinco días a la semana, le desgastaba, y mucho.

¿Qué habría para comer hoy? Se preguntaba…su estómago rugía con desespero.

De repente, se detuvo frente a un escaparate que llamó poderosamente su atención: en el centro, entre muchas otras flores y plantas, destacaba un gran ramo de rosas color fucsia. La floristería estaba a punto de cerrar. Pensó rápido, se palpó el bolsillo para comprobar que tenía algunas monedas sueltas y entró a la tienda.

-Deme una – dijo.

-Son preciosas ¿verdad? su mujer se va a poner contenta.

-No son para mi mujer – le respondió Mario a la amable señora. Ésta quedó algo aturdida.

-“Ella” quedará encantada.

-Espero que sí…

Con paso firme, Mario siguió su camino. Se paró frente al portal, lo abrió, entró al elevador, ascendió los cuatro pisos, salió con su llavero en la boca, la rosa en la mano derecha y el maletín en la izquierda, y depués de dejar éste último en el suelo, abrió la puerta del apartamento donde vivía con Maribel, su esposa desde hacía veinte años y  sus tres hijos.

Maribel trasteaba en la cocina, desde donde gritó con un dulce tono irónico al escuchar el sonido de la llave en la cerradura: ¡¿Quién ha venidoooo?!

Dos niños pequeños aparecieron corriendo por el pasillo. “¡¡Papi, papi!!” Se abalanzaron a sus brazos. Él levantó en alto la mano que sujetaba la rosa. “¡Cuidado, cuidado!”

Maribel salió también a su encuentro, con un trapo de cocina entre las manos.

– Cariño, ¡gracias!

-No es para tí, es para ella…

Maribel quedó algo confundida por unos segundos, hasta que comprendió. Regresó a la cocina y los niños a sus juegos.

Mario llamó a la puerta de Lucía, su hija de 15 años. Estaba estirada en su cama, leyendo una de esas historias románticas para adolescentes. Vestía una camiseta de manga corta ajustada de color negro, a pesar de estar en pleno invierno, y unos vaqueros pitillo rasgados. Su pelo, cortado a lo garçon, estaba teñido de rubio platino. Múltiples pulseras de colores y de cuero negro con tachuelas adornaban ambas muñecas.

-Soy yo, papá ¿puedo entrar?

Tras un breve silencio Lucía contestó con un lánguido e incómodo “sí, paaaaaasaaaaa”.

Mario atravesó la puerta de la habitación quedamente, y ya adentro, se dio cuenta de que el color rosa de cortinas, cojines y otros compelementos textiles había desaparecido totalmente. Las Barbies expuestas en la estantería sobre su cama tampoco estaban, sólo había papeles revueltos, fotos, barras de labios y algún que otro libro. Se preguntaba dónde habría ido a parar todo rastro de la bella infancia de su hija. Le vinieron a la mente las noches de lectura de cuentos fantásticos antes de dormir, las risas y el tacto calentito de las manitas suaves de aquella pequeña niña que intentaba conciliar el sueño.

Al volver en sí, Mario despositó de nuevo la vista en la rosa, era fucsia, y entonces se dio cuenta que tal vez no había elegido el color adecuado. Aún así, extendió su mano y se la entregó a su hija.

Lucía, que seguía tumbada en la cama, se quedó unos segundos mirando sorprendida la rosa, luego fijó la vista en su padre, se levantó con cierta pereza, tomó la flor y simplemente dijo: “gracias papá, es muy bonita.”

El tiempo se detuvo por un instante. Padre e hija, frente a frente, mirándose a los ojos, no sabiendo qué decir, no sabiendo qué hacer. Él quería que su pequeña regresara, ella solo quería sentirse aceptada.

Maribel rompió la tensión del momento, entrando con ímpetu en la estancia.

-¿A que es bonita Lucía? ¡Menudo padrazo tienes! A ver  cuándo me toca a mí- dijo en tono burlón- Pon la rosa en agua, ¡te dejo el jarrón bonito en la cocina, Lucía!- espetó  desde el salón comedor, donde había ya vestido y puesto la mesa. Lucía dejó la rosa sobre una mesita, cerca de la tele, donde reposaban algunas fotos familiares. Todos se sentaron y bulliciosamente empezaron a comer y a charlar entre risas-.

La rosa, todavía en su envoltorio transparente y su lacito blanco atado a su tallo, observaba la escena familiar allí tendida, cansada y sedienta.  Pasó todo el día, y allí quedó.

A la mañana siguiente, cada miembro de la familia acudió a sus trabajos y a sus respectivos centros educativos. Maribel trabajaba a media jornada cuidando de una señora anciana, madre de una amiga íntima. Le venía bien seguir cotizando y ganar un dinerito extra. A las dos de la tarde recogió a los pequeños en el cole, y una vez en casa,  se dispuso a terminar de hacer la comida. Cuando la hubo dejado lista, se dirigió al comedor a por una bandeja para el pan. Entonces fue cuando se dio cuenta de que la rosa todavía estaba encima de la mesita, y que estaba comenzando a ponerse mustia. Debía intentar salvarla como fuera antes de que Mario llegara. Se pondría muy triste al comprobar que Lucía había olvidado ponerla en agua, sin importarle lo más mínimo dejarla morir. Sin duda, él lo iba a tomar como un desplante.

Maribel tomó el jarrón de Bohemia, lo llenó de agua y metió la rosa en él, luego lo colocó en el mismo lugar de nuevo.

Cuando llegó Mario, se repitió la escena del día anterior: la pregunta irónica de Maribel y los niños corriendo por el pasillo dándole la bienvenida a su padre.

Al entrar todos al comedor, Mario se dio cuenta de la presencia de la rosa, que parecía estar observándolo fijamente. Echó un ojo a Lucía, que ya había empezado a engullir pan, después miró a Maribel. ¡Cómo se conocían después de tantos años! Solamente con mirarse, Mario supo que había sido su esposa quien había depositado la rosa en el jarrón con agua. Su corazón acababa de encogerse hasta alcanzar el tamaño y condición de una uva pasa.

Durante la cena, Mario permaneció pensativo y silencioso…pero había tomado una decisión.

Continuará…

 

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El cincel de la vida

Hace unos días hablaba con una buena amiga acerca de una manía que tengo: fijarme en los huesos de la gente. Dicho así, puede sonar algo raro, creo que ella pensó lo mismo cuando se lo comenté, a veces discutimos para convencernos la una a la otra de quién está más loca y creo que voy ganando yo.

Mi hija y yo compartimos la misma afición. Falanges, clavículas, dientes y tobillos pueden ser el centro de una conversación cotidiana cualquiera. Ayer mismo, sentadas en la iglesia, me dijo: “Mamá ¿verdad que mis clavículas son bonitas?” Llevaba un jersey de cuello barco negro, y los dos huesecillos parecían descansar prosternados en una reverencia infinita a cada lado de su cuello, que como un dios, se erguía con gran esplendor. Ella da por sentado que sus calvículas pueden  encandilar a algún chico guapo, cosa en la que quizá otra chica de su edad no repararía, y dudo que tampoco ningún joven pretendiente.

Ahora entiendo la frase: “me muero por tus huesos.” Quien la usó hasta hacerla famosa, se parecía mucho a mí y a mi primogénita .

Alex y yo teníamos un compañero en la universidad, que  cuando hablaba, gesticulaba de manera solemne con las manos. Eran descarnadas, con dedos muy largos, de pianista (aunque no lo era) y me recordaban a las garras de una iguana, con el meñique y el pulgar muy pequeños, índice y corazón muy extensos y el anular a medio camino entre los demás. Su conversación siempre era lenta…y dura de roer.

Los dientes es algo en lo que también me fijo mucho. Los míos no me gustan nada. Estoy intentando convencer a Alex de que me regale una ortodoncia, aunque él dice que le gustan, que si me los pongo rectos, seré otra persona. La verdad es que hay cierto encanto en la imperfección de una sonrisa, de unas manos trabajadas, de una manera de caminar algo chueca, todo depende de los ojos con que se mire.

Cuando estudiaba en el instituto siempre sacaba sobresaliente en Historia del Arte. No importaba si era arquitectura, pintura o escultura, después de cada clase, siempre quedaba atónita, maravillada. Especialmente me gustaba esta última disciplina. El David, Moisés o La Piedad de Miguel Ángel, Apolo y Dafne, El rapto de Proserpina de Bernini o El beso y Las tres gracias de Canova.

¿Cómo es posible que un ser humano sea capaz de tallar con su cincel tales  obras de arte sacadas increíblemente de una sola piedra? 

De todas las obras magníficas, sin duda el ser humano  es la más maravillosa, espléndida y perfecta. Diseñada por un Creador, un amoroso Padre, que pensó específicamente en cada uno de nosotros.

“Antes que yo te formara en el seno materno, te conocí, y antes que nacieras, te consagré…” (Jeremías 1:5)

Concebidos y luego formados durante nueve meses en el vientre materno, el milagro de la vida sucede una vez más. Creo que cada vez que un bebé nace, Dios sonríe y dice: “Esta es mi obra perefecta”

Por eso, desdeñar una vida que todavía se está formando en la cavidad uterina, no sólo es un infanticidio, es un atentado contra el Arte Supremo y su Creador. Es negarle el derecho a un hermoso diseño divino ver la luz, darle la oportunidad a una personita de conocer su propósito en la vida, por más dura que esta te pueda llegar a parecer. ¿Qué sabemos nosotros  acerca del  futuro? Nada. Solamente el Supremo Hacedor, el que crea  con su cincel de la vida.

Y ¿de qué me sirve llorar de asombro ante una colosal estatua de piedra o maravillarme ante una gran catedral bañada por los colores que entran a través de sus tornasoladas vidrieras, si no siento compasión ninguna por la vida humana, por mi propia especie?

Dios no cometió ningún error al diseñarte y darte la vida, eres simplemente perfecto, una verdadera obra de arte. (Debiéramos repetirnos cada día esta frase para nosotros mismos).

Lo que más me asombra de todo, es que también nos hizo con su misma capacidad de crear. Es por eso que yo escribo sin cesar con mi cincel particular, y espero seguir haciéndolo en la eternidad. ¿Cuál es el tuyo?

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Una iglesia “guay”

(La siguiente historia es ficticia y cualquier coincidencia con la realidad es casualidad)

Javier se levantó aquel día desanimado. Había suspendido tres asignaturas de su último curso de Bachillerato y no sabía si podría empezar una carrera al año siguiente.  Llegado el caso de poder aprobarlas, ni siquiera sabía qué elegiría estudiar después, había tantas opciones interesantes…le gustaba la música, también las artes y el deporte, ya vería.

Por otro lado, estaba aburrido de la iglesia a la que asistía desde que era pequeño. La gente era maja, pero él no tenía interés en relacionarse con nadie. Al igual que sus padres, la gente que allí se reunía, vivía en un mundo muy diferente al suyo.

A las reuniones de oración no asistía por norma, eran un muermo total y no entendía por qué alguna gente a veces lloraba. A los estudios bíblicos tampoco, en realidad no le interesaba la Biblia, la verdad es que a penas la leía, pero sí se había comprometido a asistir a las reuniones de jóvenes de los sábados y los domingos por la mañana, pues tocaba la batería en el tiempo de alabanza, y eso le encantaba.

Un día llegó un nuevo pastor de jóvenes. Se llamaba Luis, aunque por su indumentaria juvenil no parecía un pastor. Tenía 30 años y rebosaba energía y creatividad. Javier quiso conocerlo desde el primer día, y cuando por fin quedaron, Luis le dijo algo que nadie le había dicho hasta entonces.

– Tenéis mucho valor – le dijo, refiriéndose al pequeño grupo de jóvenes – voy a sacar lo mejor de vosotros, os enseñaré a servir a Dios, la iglesia va a crecer. Nuevos jóvenes vendrán.

La llegada de Luis fue realmente un aliciente y una bocanada de aire fresco para los pastores y la iglesia en general. La alabanza cambió, se tornó más fresca y renovada, también el diseño y la decoración del lugar. Todo era más moderno y con un toque más serio, profesional y muy acogedor.

El grupo de jóvenes aumentó y también sus actividades. Los sábados se celebraban las “Worship Parties”, todos levantaban las manos, bailaban y lucían outfits y complementos cool. La Palabra era predicada con fuerza y calidez y al terminar las reuniones muchos jóvenes entregaban sus vidas a Cristo. A Javier ahora sí que le encantaba ser cristiano.

Luis también predicaba sobre la importancia de salir a la calle y evangelizar, de hablar el mismo idioma que los de afuera, de que la iglesia fuera aceptada por la sociedad, de colaborar con ella. Potenciaba mucho el valor que los chicos tenían y les ayudaba a descubrir y a poner en práctica sus dones para el servicio a Dios.

Todo fue genial durante algunos años, hasta que el pastor de la iglesia y algunos padres se dieron cuenta de algunos comportamientos “irregulares” en sus hijos. Vivían vidas paralelas. En el entorno de la iglesia eran jóvenes ejemplares, pero en casa eran desobedientes y groseros. Otros, como Javier, tampoco estudiaban ni cumplían con sus obligaciones más básicas. “Es propio de la edad, hay que darles tiempo y tener paciencia”, le decía Luis al pastor principal. Lo más decepcionante de todo fue descubrir que el mismo Luis tenía “pequeños vicios ocultos”.

A la vista de todos, incluso de otras iglesias de afuera, aquella iglesia era muy “guay”, la alabanza, decoración, servicios sociales, y sobre todo, porque no paraba de crecer.

Pero a la vista de Dios, aquellos jóvenes simplemente se habían instalado una nueva App, “The cool church” ( La iglesia guay) con la que entretenerse e intentar ser personas que realmente no eran. Luis les había enseñado cosas buenas, se había preocupado sinceramente por ellos. Había conseguido que aquellos chicos salieran a la calle a mostrar a Cristo sin vergüenza alguna. Les había dado a conocer a cada uno cuáles eran sus dones y a ponerlos en práctica. Pero el mayor y grande error fue el no haberles enseñado a tener una experiencia real y verdadera con Dios. No les había enseñado el verdadero valor de la oración, del estudio de la Palabra como algo imprescindible para su crecimiento espiritual y para el conocimiento de la persona de Jesús, del arrepentimiento genuino o del verdadero significado de la entrega y sacrificio, cosas de las que él mismo carecía.

Oremos, pues, para que Dios nos ayude a ser una iglesia moderna y actual, utilicemos todas las herramientas que la tecnología nos ofrece para ganar almas para Cristo. Pero, como pastora, yo no quiero jóvenes que sean solamente “guays”, quiero jóvenes llenos del Espíritu Santo y del conocimiento de Dios y su Palabra. Que vayan a contracorriente, que marquen la diferencia, no por su forma de vestir, sino por su forma de hablar, de orar, de vivir. Que  den fruto y que sean de ejemplo para las siguientes generaciones.

Y entonces me pregunto, como líder y como madre de hijos adolescentes, ¿Qué papel juego yo en esto? ¿Cómo puedo llevar a mis jóvenes a una experiencia realmente profunda y genunina con Dios? Todavía no tengo la respuesta completa, pero es mi deseo  para mi fanilia y para mis ovejas que el Espíritu Santo nos dirija a una vida devocional más íntima y profunda, que nos transforme de dentro hacia afuera.

Gracias por leerme.

 

No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” Y entonces les declararé: “Jamás os conocí; apartaos de milos que practicais la iniquidad.” Mateo 7:21-27

 

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Yo quiero ser como Ripley

Sí, acabo de tragarme la mitad de la saga de Alien, todavía no sé si veré la tercera y cuarta parte, las vi una vez, y cuando cerraba los ojos y volvía a abrirlos solamente veía destellos de plasma, es lo que tienen las pelis modernas de hoy, que si no hay chorros de sangre no venden.

La verdad es que las dos primeras partes me encantan. Al ser películas filmadas en los años 70 la trama se suele desarrollar con más lentitud que las de ahora, así que hay más tiempo para conocer a los personajes al principio y los bichos salen cerca de la mitad de la peli.

Mi personaje favorito, sin duda, es Ellen Ripley, suboficial de vuelo del carguero comercial Nostromo. Ella y siete tripulantes más, regresan a la Tierra cuando,  inesperadamente, reciben una señal de socorro proveniente de un oscuro planeta. Como indica el protocolo, deberán atender a la llamada  y aterrizar para comprobar si hay vida. Allí descubren una nave alienígena, y poco después se verán perseguidos por sus hostiles ocupantes.

En un principio, la suboficial pasa desapercibida como una tripulante más hasta que hay que tomar la primera de muchas decisiones importantes: ¿dejar entrar a la nave a uno de los compañeros, que regresa de una tormentosa exploración, y que ha sido atacado por un bicho muy raro que todavía lleva pegado en la cara?

Ripley intentará convencer al jefe de mando que de ninguna manera sea admitido de nuevo a bordo, o por lo menos, que lo tengan en cuarentena. Al hacer éste oídos sordos, se desatará el caos cuando se descubre que hay un octavo pasajero entre ellos. Será la audacia de Ripley y sus instintivas, rápidas, pero sabias decisiones, las que la mantendrán con vida una y otra vez.

Una de las características de este personaje que tanto me apasiona es su autenticidad. El director, Ridley Scott, no quiso centrar la atención en unas curvas femeninas, en una mirada sensual o en unos labios carnosos. Es su personalidad la que te atrapa. Siempre segura de sí misma y con un inquebrantable espíritu de lucha y protección. Así pues, vemos como arriesga su vida para salvar a su gato en la primera parte o a una frágil niña condenada ya a muerte en las mismas garras del alien en la segunda.

Cada vez encuentro a más Ripleys por ahí. Mujeres valientes, sencillas y sabias que arriesgan sus vidas por el bienestar de los demás, que asumen la gran responsabilidad de velar por el grupo y por los más débiles. Mujeres sin nombre y sin posición que se atreven a levantar su voz por encima de los altos cargos, (muchas veces movidos, como también se refleja en esta saga, por la codicia y la fama) en favor de la justicia. Mujeres a las que no les da miedo manejar una pesada arma que ni siquiera saben muy bien cómo usar, y enfrentarse al mal cara a cara a sabiendas que  cada noche tendrán pesadillas  hasta que no lo vean derrotado.

Yo quiero ser como Ripley.

 

(Escrito el 30 de Julio de 2014)

 

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